Déjà Vu
Al terminar lo que le pareció el día más largo de la semana, Laura miró el pequeño cuadro que le mostraba un pedazo de ciudad delante de su escritorio. Al hacerlo, su garganta sintió sofocarse debido a su propia pequeñez, su existencia dentro de un mundo tan sublime pareció de pronto innecesaria. Así, sin importarle los tres meses, dos días y algunas horas que había soportado sin siquiera un poco de humo, salió a fumar.
Probablemente, si aquel tipo flaco, dueño del café de enfrente, aquel soltero que atravesaba la mitad de su vida mirándole los senos a cualquier mujer a su alrededor, no hubiera salido a ofrecerle un cigarro, Laura habría regresado a trabajar y a tragarse su nudo en la garganta. Pero su mano no dejaba de temblar y alargarse hasta llegar a un estirado centímetro del Marlboro que la tentaba, dudó un instante y mientras una sonrisa que creía ser seductora acechaba sus senos, lo tomó, se lo llevó a los labios y disfrutando el lento ardor del tabaco, inhaló el humo.
Entonces, antes de que sucediera algo más, los músculos de Laura se paralizaron, su vista difuminó todos los colores, ella inmóvil, mientras todo comenzaba a girar alrededor de su cabeza.
Vio, dentro de su mente, tal cual un proyector ante sus ojos, un cerillo rozando el cartón y quemar unos dedos flacos. Éstos tiraron el cerillo, sintieron el dolor, el hombre miró al suelo y esbozó esa sonrisa de espantapájaros que luego se convirtió en una patética faz estremecida, hablando en el silencio. Se contempló a sí misma palideciendo, al tiempo que comenzaban a congelarse sus venas. Su corazón enjaulado, luchando inútilmente por bombear la sangre a cualquier parte. Laura sabía que su garganta se cerraba, a punto de sentirse ahogada por la repentina falta de aire. Alzó su mirada al imponente firmamento, que a su vez la veía sofocándose en su nimio cuerpo.
Cuando la visión terminó, Laura volvió a sentir el humo en su garganta y la noción del tiempo que por aquél pequeño instante perdió. La abrumó el sumirse en la ciudad, en las luces que comenzaban a encender su resplandor a la noche. Y suspiró lentamente tratando de seguir consumiendo el cigarro.
Al ni tratar de pretender otra cosa, mirando la redondez y altura de sus pechos, el hombre trató de encender un cerillo, el cual rozó el cartón y quemó sus dedos flacos. Al mirar, casi lentamente, la secuencia del cerillo cayendo, tocar el suelo y volver a la expresión que la miraba extrañado, Laura comenzó a sentir su garganta con cada segundo más cerrada.
| Posted by ma.jose on 11/05/2009 11:10 PM | Visits: 18 |